viernes, 4 de diciembre de 2009

Cuando sea grande...

- En la vida hay que ser un desgraciado – dice con una mezcla de ira y resignación un joven, aproximadamente de 17 años, complexión delgada, peinado a lo Beto Cuevas (de hace unos cuantos años), mientras observa a sus dos amigas.
- ¿Por qué dices eso? – dice una de ellas luego de sacar su chupete de dulce de la boca.
- No te rayes – dice la otra mientras hace el ademán de empujar al muchacho.

Continúan caminando, como de paseo, yo estoy un poco apurado pues acabo de salir del trabajo y quiero llegar lo más pronto posible a mi casa, ver a mi familia, almorzar, jugar un momento con mis hijos. Es extraño, pienso, mi casa es un refugio de los problemas de la oficina y nunca pensé que llegaría a este punto: tener demasiada presión en mi ambiente laboral.

Respiro hondo, trato de despejarme, relajarme y dejar los líos de la oficina allí, ya los retomaré en cuanto regrese para el turno de la tarde.

Casi sin querer vuelvo a escuchar la conversación de los jóvenes.

- Es que la vida es así – insiste el único varón del grupo – los malos, los desgraciados, los abusivos tienen todo, en cambio los que se dejan no tienen nada.
- ¿Lof que je dejan? – pregunta una de las chicas, sin sacar su golosina de la boca.
- Claro pues, changa. Los giles, los mansos… hasta los estudiosos se quedan sin tener donde caerse muertos.
- No pienses así, a ver… - dice la otra – tú tienes que poner tu cabeza en que al año empiezas la U, ya verás que todo cambia… vas a ser profesional y con tu cartón ya vas a ser alguien en la vida.

Apresuro el paso y cruzamos fugazmente las miradas con el chico, en sus ojos y en los míos reconocemos que las cosas no son tan simples como habíamos pensado.

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Tengo una amiga, se llama Lorena, y trabaja de pasante en mi oficina. Hace menos de medio mes defendió su tesis… de maestría. Ella es abogada, sin embargo me confiesa que su gran pasión son los viejos … le bromeo lo mismo que estás pensando al leer esto: Gracias al viagra los viejitos ya son “funcionales” así que si de veras te gustan…

Reímos. Luego me aclara que le gusta la geriatría y poder ayudar a los ancianitos (Ahhhh eso era), pero no le gustaría encasillarse solo en la asistencia legal al adulto mayor, en un arranque de sinceridad me dice que inició un curso de auxiliar de geriatría en un instituto especializado, pero que se había topado con tremenda resistencia por parte de sus padres.

Le pego un chequeo mental a mis amigos y parientes: José, otro abogado, quiere estudiar sicología; Gustavo, comunicador social, trabaja como notificador; un compañero de colegio que es ingeniero agrónomo se metió al marketing multinivel de una reconocida marca de suplementos alimenticios; sin ir muy lejos hasta hace poco nuestra querida Lucybel, ingeniera geógrafa brillante, pasó un buen período de tiempo trabajando como Directora de un museo que no tenía nada que ver con lo que ella había estudiado.

La lista se puede hacer interminable: arquitectos vendiendo seguros y acciones de empresas madereras, amigos que no terminaron la U que se dedicaron a ser visitadores médicos y ahora estudian para chefs, ingenieros vendiendo computadoras, abogados llenando memoriales por menos de un dólar, economistas y contadores que rellenan formularios por el mismo precio, tipos que falsifican títulos, corruptos de todos los colores en casi todos los lugares, policías saliendo de pobres, tipos honrados estirando sus sueldos, soñadores endeudados y soñadores luchando por alcanzar lo que anhelan, hastiados, decepcionados, ilusionados, esperanzados…

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Llego a casa, por debajo de la puerta de calle alguien pasó las facturas de luz y agua, las recojo y las ojeo. Justo llegan a fin de mes, cuando casi estoy en números rojos.

Llego hasta mi departamento, recibo una nota de la empresa que nos vendió hace unas semanas una enciclopedia, quieren saber cuando vamos a pagar la cuota. Pienso en las otras cuentas, el préstamo del banco, la mensualidad del kinder, los pañales de la bebé…

En la tele sale la noticia de un político al que le acusan de corrupto, ciento cuarenta mil dólares en su cuenta y el tipo pide que le comprueben. No hace falta ser un genio para saber que si recibió una coima no dio factura, se sabe que no fue a la universidad y creo que ni siquiera terminó el bachillerato, pero tiene poder y lo usa a su antojo.

Creo que será un almuerzo de mierda, no importa lo que sea… tengo un nudo en la garganta que no me dejará comer en paz.

Vamos a comer y veo un plato de sopa que avanza temblando, cauto, hacia mí. Mi pequeño hijo lo trae, con una concentración total. Lo deja frente a mí en la mesa. Quiere ir hacia la cocina, pero a medio camino regresa corriendo.

- Olvidé saludarte – me dice y me estira su trompita para que lo bese. – Te tengo una sorpresa, ven.

Me toma de la mano y me jala hacia mi dormitorio, donde también duerme mi pequeña hija. Mi hijo me suelta y corre al cuarto mientras me indica que le espere un momento.

- ¡Ya puedes entrar! – grita mi hijo. Abre la puerta e ingreso en el cuarto.

Sobre mi cama veo a mi hija de apenas 5 meses de edad, con un enterizo rojo con capucha. En su cabeza, hecho con cartulina roja y cinta adhesiva un par de cuernos y en su mano un trinche “diabólico” del mismo material.

Mi hija me ve y sonríe como lo hace siempre, por algo se ganó el apodo de “Doña Sonrisas”, agita sus manecitas y sus piernitas, suelta el trinche. Mi hijo ríe y yo lo hago también, mientras él intenta ponerle el juguete de cartulina nuevamente en la mano a mi hija, yo lo sujeto por la cintura, lo alzo y lo llevo a la mesa.

- Te quedaron preciosos esos cuernos y ese trinche – le digo a mi hijo mientras lo acomodo en su silla para empezar a almorzar.

Pone su cara de “no quiero sopa” y me mira suplicante. Niego con la cabeza y señalo el plato.

- Si no comes no vas a crecer, ya te dije eso muchas veces, así que… - vuelvo a apuntar hacia su comida.

Me sorprende cuando agarra la cuchara y hace como si comiera mucho y muy rápido. Ríe.

- Es que me quiero apurar en crecer – me dice pícaro - ¡Cuando sea grande voy a ser una estrella de rock!

Hay esperanza en sus ojos, me mira y sé que también la hay en los míos.