martes, 25 de marzo de 2008

Robin, Robin... ¿qué te hicieron, Robin?

El Chico Maravilla... ya me temía que iba por esos rumbos. :D

jueves, 6 de marzo de 2008

Encrucijada

La noche toma la ciudad como un inmenso gato negro, lenta, sigilosamente y luego, cuando ni siquiera lo notas está completamente sumergida en la oscuridad.

Las luces de los automóviles, las del alumbrado público, las de casa y oficinas intentan hacer habitable la nocturnidad, tratan inútilmente de combatir la noche, pero en el fondo ansían espantar el natural miedo del hombre a los oscuros demonios que moran en ella.

Pero esa débil iluminación es ineficaz contra seres como yo. Como pudo comprobar la mujer que acabo de desangrar para calmar mis instintos.

La fascinación que los vampiros provocamos al mirar es casi irresistible. Por suerte. Siempre fui tímido con las mujeres.

No me agrada matar a los seres humanos, pero es mi naturaleza y decidí hace tiempo no luchar en su contra. Pero, no lo hice sin ayuda.

Allí estaba Ayesha. Y allí estará esta noche.

Ayer recibí una llamada telefónica. Era ella, agitada, emocionada, siempre segura de sí misma. No me llamaría si no fuese algo importante.

Camino en automático, perdido en mi sudadera con capucha y en mis pensamientos. Mis zapatillas deportivas parecen conocer mi rumbo y prosigo confiado, casi en trance. Mientras una fina lluvia moja mis pantalones de mezclilla, la incomodidad de la fría humedad en mi piel me saca de mis pensamientos.

Llego temprano al lugar de encuentro.

Casi no lo creo, como no lo creí ayer, estoy en la puerta de un gimnasio.

Las gotas de lluvia aumentan en tamaño y caen con una mayor intensidad. Prefiero entrar antes que seguir mojándome.

Es un ambiente grande, tiene buena iluminación, y eso me incomoda. Aún así, deslizo la capucha y me la quito. No estoy acostumbrado a que me vean directamente, no en estas circunstancias y jamás sin motivo. Y no es porque sea vampiro, sino que nunca me gustaron estos lugares, se me hacían llenos de tipos que querían demostrar su hombría rompiendo narices, y de chicas obsesionadas con lograr cuerpos perfectos.

De reojo veo a una muchacha cargando una mochila entrando a las duchas, mientras la recepcionista se dirige a mí.

- Buenas noches – me saluda con una sonrisa – ¿te puedo ayudar en algo?

- No, gracias… espero a alguien – contesto, tratando de ser amable.

- Bien, pero si necesitas… ya sabes… - insiste, mientras se pone a ordenar una serie de llaves.

- Te lo haré saber.

Miro nuevamente hacia la entrada a las duchas, un hombre alto y musculoso camina decididamente hacia ella. No se fija en una banca y le da un fuerte golpe con la canilla, casi pierde el paso, no lo hace y continúa con paso firme.

- Pensé que se iría cojeando – comenta la muchacha de la recepción – casi se rompe la canilla, debe estar sangrando. Ese es el poder de la autosugestión.

Asiento con la cabeza y sonrío, ella hace igual y vuelve a su trabajo.

Tiene razón, la banca es metálica y tiene un borde bastante filoso, pero así es la sugestión… aunque no creo que sea propia.

Miro mi reloj, ya pasaron tres minutos de la hora convenida y Ayesha no acostumbra atrasarse.

Camino por el gimnasio y entre los aparatos de ejercicio y la sala donde ahora pasan clases de aeróbicos cuento treinta y cuatro personas, diecinueve mujeres y quince varones.

Escucho con atención jadeos, personas haciendo esfuerzo, ruidos de metal chocando, poleas, corazones latiendo al máximo, zapatos aferrándose al piso… todo menos el sonido del agua cayendo de las regaderas.

Me deslizo hacia el cuarto de duchas. Nadie lo nota, me moví muy rápido. Entro al de varones, está vacío. Rápidamente voy al de damas.

El ambiente es grande, y como siempre más prolijo que el de hombres, luego de pasar por unos casilleros y sanitarios llego a las duchas.

No hay nadie, así que me dirijo hacia la sala de ejercicios. Al pasar nuevamente por el área de sanitarios, frente a ellos, en los lavabos, está ella, con un deportivo azul y una solera blanca, buscando algo en la mochila.

- Buenas noches – saludo.

Se sobresalta y me mira, mientras cae la mochila.

- Mierda… me diste un susto.- contesta, mientras recoge la mochila.

- Hola, Ayesha.- le digo, en tanto me acerco - ¿Yo te asusté? No lo creo posible.

Me abraza y me da un sonoro beso en la mejilla.

La ropa que tiene parece acariciarla, sus enormes y profundos ojos me penetran, sus labios están más rojos que de costumbre, en contraste con su cabello negro, recogido en una coqueta cola de caballo y su piel más pálida aún que la mía. Nada mal para alguien con más de ciento cincuenta años cumplidos.

- Es tu talento, es natural- me dice, mirándome a los ojos, mismos que recorren todo su cuerpo, pequeño, proporcionado y firme.

Se percata de la inspección visual a que la someto. Me siento incómodo, puedo mirar a muchas mujeres, pero a ella…

- Lo siento, no quise…- balbuceo.

- Pero lo hiciste, ¿te gusta lo que ves? – dice sonriendo pícaramente, mientras se acerca lenta y felina hacia mí.

Noto un poco de sudor en su cuello, en sus brazos, gotitas de sudor y…

- Te manchaste - le digo, señalando una gota de sangre que se encuentra en su pecho, generosamente expuesto por el escote de su solera.

Ríe dulce y seductoramente, es una obra de arte en movimiento.

- ¿Dónde dejaste el cuerpo?

Mueve la cabeza indicando los sanitarios. Me agacho a observar y veo el par de piernas del hombre que entró apresurado detrás de ella. Tiene los pantalones abajo y una herida abierta en la canilla.

- Noté que le habías fascinado, caminaba como un autómata.

- Para nada mi querido Rubén, no subestimes el poder de seducción de una mujer.

Conoce de sobra su influencia en mí, así que esquivo su mirada.

- Tranquilo, sabes que eres importante para mí. Nunca te haría nada… que tú no quieras.- me habla casi como un ronroneo.

Vaya que lo sé. Ella fue y es como una maestra para mí. Fue la primera vampiresa que conocí, la primera de mi especie que vi luego de convertirme en vampiro. Me cuidó, me guió y me enseñó lo que ella sabía sobre nuestra condición. Pero no lo sabe todo.

Siempre quise saber en qué me había convertido, ella solo decía que somos vampiros y que el resto no corresponde averiguarlo sino solo aceptarlo y disfrutarlo. A veces lo hago y otras sigo cuestionándolo.

No comprendo su afecto hacia mí. Si quisiera me destrozaría, es mucho más experimentada y poderosa que yo, sin embargo me protege y me enseña.

- ¿Por qué me llamaste?- le pregunto- no creo que fuera para mostrarme nuevamente como esconder un cadáver.

- Claro que no, eso ya lo aprendiste y eres muy bueno haciéndolo – contesta.

- Entonces…

- Mírame, a los ojos.- Dice mientras se coloca tan cerca de mí que puedo sentir su respiración en mi pecho.

Su proximidad es intoxicante. Sonríe, levanta el rostro hacia mí y me mira dulcemente. Yo pego la barbilla a mi pecho y la veo claramente.

Sus ojos en los míos, observo la profundidad y la fuerza de su personalidad en ellos. De pronto esos abismos hacen enormes, sus pupilas se dilatan y se convierten en pozos negros con paredes rojo sangre.

Tiemblo, pero trato de no hacerlo notar.

Parece que se hace más grande, casi sin notarlo ya estoy mirando de frente, pero sigo pegado a sus oscuros ojos.

- ¿Qué te parece?- dice con una voz dulce, pero aterradora.

Retrocedo, ella no es más alta, no. Pero sus pies se han despegado entre 10 y 12 centímetros del suelo. Está…

- Levitando, Rubén.- dice con voz de triunfo.- Casi volando.

- Co.. como .. cuando… desde cuando… cómo – suelto palabras, tratando de encontrar coherencia. Aún habiendo visto cosas asombrosas, eso rompe todos mis esquemas mentales.

Desciende lentamente mientras su rostro, voz y ojos toman un aspecto más normal, por así decirlo.

- Antes de ayer fui de cacería y, mientras saltaba sobre un grupo de excursionistas, noté como si mi peso hubiera desaparecido. Y cuando terminé de chuparle la sangre a un hombre un poco más alto que tú, pues no tenía los pies en la tierra… literalmente.

- Mierda- digo sin salir de mi asombro.

- Es parte del poder, lo que chupamos a los humanos es más…

- …Que simplemente sangre- completo la frase que tantas veces me repitió desde que nos conocemos- ya me lo habías dicho.

- Es poder… - exclama.

- Y, ¿cómo lo conseguiste? Digo, ese poder… ¿yo también puedo tenerlo?

- Claro, lo que tienes que hacer es… consumir grandes cantidades de sangre. Víctimas y victimas - su tono es eufórico, al borde de la locura.

- Espera, le digo, tú eres vampiresa desde hace siglo y medio…

- Gracias por rebajarme la edad

- En serio, -continuo explicando, un poco para aclarar mis propias ideas- y yo tan solo hace quince años… a cuantos has mordido? ¿Cientos? ¿miles? ¿cientos de miles?

- ¿Entonces? – pregunta, en el tono más sarcástico y cortante que puede tener.

- ¿Entonces? – casi grito - Que para el próximo siglo, más o menos a finales del próximo siglo, yo podría despegar dos milímetros del piso y eso si no hay viento.

- No necesariamente, - me dice en tono condescendiente- sólo tienes que dejar de reprimirte, dejar de ver a estos… a este ganado como iguales a nosotros. Somos superiores a los humanos, ¿me entiendes? su-pe-rio-res.

- Yo como para vivir. – insisto.

- Sabes, déjame de joder y vete a seguir en tu rigurosa dieta de chupar una niña cada cuatro días. Yo como para vivir, pero también quiero vivir tranquila…

Me fulmina con su mirada y se va hacia la puerta.

- Conoces la sensación de haber saciado tu sed. El vigor, la energía, la claridad mental… no hablo solo de volar o levitar o ser un maldito genio, es cuestión de supervivencia… no todos los vampiros somos amigables, es más… – hace una pausa dramática y sigue- tampoco yo te cuidaré por siempre.

Sale de la habitación y me quedo solo. Escucho una gota de agua caer, respiro y decido marcharme.

Camino hacia la sala de ejercicios, está vacía. La puerta de cristal triple de la entrada tiene una gran cadena asegurada con un candado por dentro. El voluminoso mueble de madera de la recepción bloque también la entrada que es, a la vez, la única salida.

Es una trampa, pero no para mí.

Oigo gritos en la sala de aeróbicos y de pronto las luces se apagan.

Aún veo con total claridad a la gente corriendo aterrada mientras la vampiresa se da un festín. Una muchacha corre hacia mí, pero es interceptada por la depredadora, caen al suelo, Ayesha desde la espalda le sostiene la frente exponiendo el cuello y luego la muerde.

Es una experta, hay poca sangre en su boca y nada se desperdicia en el suelo.

Un joven toma una barra de acero y se enfrenta a ella, pero la dama de la oscuridad se mueve rápida mientras le esquiva y agarrándole del cuello lo levanta para luego arrojarle hacia una pared. Antes que termine de caer al suelo, Ayesha está sobre él.

En dos minutos todo es silencio.

Agitada, contenta y con un profundo desprecio se acerca a mí.

- Quieres saber quién eres o quieres el poder de ser tú mismo…

Se dirige a la puerta. Siento olor a gas. Sé que borrará sus huellas, ni un rastro de mordidas.

- Vete- me dice- somos buen combustible.

Corro hacia una ventana amplia que da a la calle, salto y la rompo al atravesarla. Sin siquiera tocar el piso escucho y siento una gran explosión. Me estrello contra un automóvil y caigo al suelo.

Escucho su voz, como un susurro.

- Saber o poder. Poder o saber.

Veo borroso, y me levanto. Ya se ha ido. Me zumban los oídos y me marcho. Camino un poco y salto hacia arriba de un autobús que pasa cercano.

Sonidos de sirenas y noche oscura, me recuesto en el techo del transporte dejando que la lluvia me moje. Sé que pronto tendré que decidir.