miércoles, 27 de febrero de 2008

Charlie Brown... como nunca lo ví

Existe, perdido en la Spider Island, un señor (creo) que se llama Absence, por suerte tiene conexión a internet y hace un blog que visito frecuentemente: El blog Ausente. Allí vi por primera vez este corto animado... eh no sé que más puedo decirles... espero sus comentarios.

lunes, 25 de febrero de 2008

Sin nada que temer

A diferencia de otros días en los que me siento particularmente hecho pomada, hoy estoy con una brillante y total claridad del ser.
No me refugio en estados de ánimo prefabricados o inducidos por algún tipo de música o lectura en particular. Tal vez ese sea el motivo para compartir algo de lo que me mueve, algo mío.
Cuando paso por el baúl de Mefistum, Aquelarre en La Paz o Búscame en Babia y escucho la música y veo los vídeos colgados allá siento algo en mi interior: admiración.
No son muchas las personas que ponen en música lo que llevan en el alma, no es mucha gente que desnuda sus estados de ánimo o su historia o sus esperanzas en canciones. Algunas personas lo hacen "porque su blog es de música", o por demostrar sus conocimientos/gustos o su extensa colección, pero estas personas que cito y sus respectivos blogs lo hacen porque son parte de su experiencia, de su historia... de su vida.
Y no faltamos los irreverentes, los que (sin mala intención por supuesto) bromeamos, a veces duramente sobre el trozo privilegiado de intimidad que se animaron a compartir y (sobre todo) exponer los anfitriones blogueros.
Es por eso, por la falta momentánea de muros en los que esconderme, de miedos inventados para no mostrarme, que les invito a escuchar este mi humilde tesoro cantado por Miguel Ríos, titulado "El Blues de la Soledad".
A diferencia de los blogs especializados en música, no sé nada del intérprete ni mucho menos del estado de ánimo o historia personal trágica de los autores... solo sé que me gustó desde aquella tarde de 1993, en la que enamorado, no correspondido y nostálgico me identifiqué con su letra.
Abrazos



Descarga: El blues de la soledad (mp3)
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miércoles, 13 de febrero de 2008

Cuentas claras...

Noche de luna llena. Salto de un edificio a otro atravesando la ciudad, tengo una cita.

¿Qué es lo primero que haces cuando eres vampiro?

La verdad no mucho… el instinto y sobre todo la sed hacen todo el trabajo. En mi caso maté a un pordiosero, no fue una elección muy bien pensada, pero fue lo primero que tuve a mano.

Es raro pensar así, pensar que las personas puedan reducirse a productores de sangre, pero luego de la víctima número cincuenta ya no importa.

A lo lejos diviso una enorme cruz, un templo católico, que por dolorosos motivos prefiero evitar. Cambio de curso con la dirección clara en mi cabeza, tarde años en conseguirla pero la tengo.

En cuestión de minutos llegaré a su casa.

Tomaría un taxi o algo así, pero siempre preferiré la libertad de viajar cruzando la urbe, como un maldito cuchillo enterrado en las tripas.

Recuerdo a mi amigo Fernando, ambos teníamos dieciséis años, yo era mayor que él por apenas un par de meses.

¡¡Que manera de divertirnos!! Pasamos tantas cosas juntos, desde las trampas en los exámenes hasta estar enamorados ambos de la misma chica.

Fue en febrero de 1989. Comenzamos clases, como siempre yo estaba emocionado. Aunque había pasado toda la vacación con Fernando, aún quedaban muchas energías para seguir con nuestras aventuras de adolescentes.

Hasta que llegó Arturo.

Primer día de clases, nosotros jóvenes sin malicia (qué tiempos aquéllos!!!) y Arturo, un matón con ganas de demostrar que él era el que ponía las reglas. Y lo hizo dolorosamente.

Empezó con insultos, yo no le hice el menor caso y tal vez eso lo enfureció más. En plena clase de gimnasia me empujó delante del maestro y me gritó diciendo que me enseñaría a ser un hombre. Me reí, aunque por dentro temblaba.

Saliendo de clases con Fernando, me encontraba nervioso, pero estar al lado de mi mejor amigo me reconfortaba.

Pasamos tres cuadras fuera del colegio, cuando me entró miedo. Vi a Arturo salir detrás de un kiosco, alto, corpulento y con esa mirada de ira que yo no pude igualar nunca… casi nunca.

Fernando siguió avanzando y Arturo lo empujó. Ese fue su error. Yo no permitiría jamás que empujen a mi mejor amigo y me abalancé contra mi entonces mayor enemigo.

Ese fue mi error.

De pronto sentí mi cara como una cáscara de huevo resquebrajada, el piso más cerca que de costumbre y el sabor a sangre y tierra en la boca.

Intenté ponerme en pié, solo le di una mejor posición a Arturo para romperme tres costillas de un certero y fuerte puntapié.

Sin poder respirar, ahogándome en mi propia sangre siento que estira mi brazo y lo dobla muy antinaturalmente, duele, se rompe y pierdo la conciencia. Tan solo escucho esa maldita risa y siento el dolor…

Ahora, esta noche, por fin llego a casa de mi víctima. Me acerco rápido, sigiloso, jamás pensé que la frase “la muerte llega cuando menos la esperas” se referiría a mí.

Entro en la casa, paso por la sala y me dirijo al dormitorio al final de unas escaleras y un pasillo. Escucho un auto salir del garaje.

Se va. Miro la puerta de su armario abierta… todo ordenado. Conclusión: se va de viaje.

El hijo de puta de vacaciones y yo queriendo vengarme.

Lo persigo, me siento como el gato cazando al ratón, a un ratón en auto.

Corro, salto, casi vuelo y ojalá lo pudiera hacer. Pero así es mejor.

Dobla la esquina hacia la derecha, corto camino por un edificio, fácil: escalera de incendios, tubería, ventana y listo, estoy en la terraza.

Veo el auto que se acerca, puedo hacerlo sin ruido pero prefiero no hacerlo, caigo encima del coche con todo mi peso y él pierde el control. Nos estrellamos contra un poste de alumbrado público.

Los vecinos salen a ayudar, llegan al auto pero ya no nos encuentran. Ya llevé a mi presa a un lugar más íntimo. Un callejón a tres cuadras, lo suficientemente oscuro y profundo para mis necesidades.

- Despierta – le digo mientras lo abofeteo.

Me controlo para no arrancarle la cabeza ahora mismo.

Abre sus ojos y me mira, aún no lo cree. Estoy pegado a una pared, una pared lisa, en una pose que envidiaría cualquier héroe arácnido de historietas.

Rujo y le enseño mis colmillos tan solo para ver su cara, para disfrutar su miedo.

Lo consigo.

- ¿Qué eres? – dice con la voz entrecortada, casi como un murmullo. Cierra los ojos y empieza a rezar, mecánicamente sin fe. Mejor para mí.

- ¿Qué? No, ¿Quién? – contesto y me río.- Estás temblando, pidiendo a Dios que yo sea solo una pesadilla. Y que tus conjuros me hagan desaparecer…

Cierra sus ojos y sigue con su desesperado rito. Los abre y no me ve. Tiembla. Escucho su corazón agitado, latiendo fuerte y rápido.

- Hola – susurro en su oído, luego de acercarme por detrás suyo.

Grita mientras da vuelta y tropieza al retroceder, cae y sus ojos desorbitados se posan en los míos. Tiene miedo y hace lo obvio, no puede huir así que me ataca, sin éxito por supuesto.

Tan solo lo agarro por el cuello y lo levanto.

- ¿Recuerdas a Rubén? – pregunto, mientras lo tengo casi asfixiándose.

Intenta conseguir un poco de apoyo, agarrándome el brazo para tratar de respirar un poco más. Sus pies tantean en el aire en un esfuerzo desesperado por lograr sostenerse y equilibrarse por sí solo.

- Está… muerto, fui… a su… funeral.- contesta casi a punto de perder la conciencia, lo que no está en mis planes, quiero que tenga miedo… antes de morir.

- Y como era su rostro antes morir, ¿lo recuerdas? – lo acerco a mi cara, me reconoce y lo arrojo contra la pared.

Todo su cuerpo es preso de un temblor cercano a las convulsiones. Se controla, me mira y empieza a vomitar, sus nervios lo traicionan.

Me muevo rápido y golpeo su rostro, cae al piso y por un momento creo que se me fue la mano.

Respira, me da más tiempo.

Su expresión es totalmente desencajada, su nariz y boca están llenas de sangre, lástima que no haya tierra para que pueda saborearla.

Me acerco a él y lo levanto por el cuello, lo apoyo bruscamente a la pared y empujo lentamente sus costillas, tapo su boca y siento el chasquido opacado por la carne mientras se rompen. Una, dos, tres... pero, ¿por qué detenerse? Cuatro, cinco, seis y siete.

Sus gritos se ahogan en mi mano.

Respira con dificultad, tose y escupe sangre.

Limpio mi mano en su saco, lo dejo caer.

- ¿Duele?

- Ahhrggh, claro que duele cabrón!! – me grita, sacando fuerzas de flaqueza

- Falta aún el brazo, lo soportarás ¿verdad? O piensas volver a reírte.

- No, por favor – suplica, llora.

Con mi mano derecha tomo su muñeca izquierda y la tuerzo. Todo su cuerpo gira tratando de fluir con el movimiento y evitar la palanca. Pongo mi mano izquierda en su brazo y la palanca está hecha.

El crujido es simultáneo al grito desgarrador de mi víctima.

- ¡Hijjjjo de putaaaa! - grita

- ¿Sigue doliendo? – pregunto con el tono más sarcástico que puedo tener.

No contesta, está a punto de desmayarse, así que me apresuro. Presiono un nervio de su hombro y el dolor del brazo roto, es notablemente disminuido. Aún así tiene la apariencia de haber sido atropellado por un camión.

- En segundos volverá a doler – le explico mientras lo hago sentar en el piso. – Nariz rota, dientes partidos, lengua cortada por tus propios dientes… ¿qué tal las costillas? – palmeo un poco en el costado, mientras gime y se retuerce – y el brazo… el brazo no queda bien, te cuento, tuve dolores constantes durante toda mi vida, hasta mi muerte para ser exactos.

- Lo siento – murmura casi imperceptiblemente – quería ser aceptado entre los amigos, por eso lo hice

- ¿Aceptado? ¿Amigos? – suelto mi carcajada, aunque me dan ganas de llorar

- Éramos unos perdedores – dice en un suspiro. Respira apenas, me mira sin levantar la cabeza – Vamos mátame, no sé en qué te convertiste pero eres muy poderoso, a lo mejor eres un demonio que viene a vengarse. Así que termina esto sin más dolor...

- ¿Dolor? ¡La nariz, la boca, las costillas y el brazo no son nada! ¿Sabes que duele? La risa… tu maldita risa…

Tomo su cuerpo por las axilas y lo levanto, mi rostro está desfigurado por la ira, por el dolor. Está asustado y su casi resignación se transforma en terror.

Lo sostengo por la garganta, sintiendo su tráquea entre mi pulgar y mis dedos como una garra. Empiezo a apretar.

- Pero lo que más duele es la traición, “amigo”.

Cierro el puño rasgando, desgarrando. Convulsiona unos segundos y se queda quieto.

Suelto el cadáver y lo observo. Una lágrima corre por mi mejilla, no me molesto en limpiarla.

- Adiós… Fernando.

¿Qué es lo segundo que haces cuando eres un vampiro?

Vengarte, aunque tardes quince años en saldar la cuenta de una traición, en limpiar las heridas y paliar tu dolor.